Entre paseo y paseo, cumplimos con varios reductos de comida rápida típicos de Montreal. Primero probamos el publicitado Tim Matin. Una bomba atómica disfrazada de desayuno. Mi hígado no aguantó y me dejó en boxes por varios días.
Tim Matin, de Tim Horton... Puaj, no puedo ni nombrarlo sin que me provoque arcadas. Lo que tiene de feo lo tiene de pesado.
Luego volveríamos a La banquise, uno de las referencias a la hora de conocer la poutine montrealesa. Lamentablemente, la atención dejó mucho que desear. Resulta que por haber calculado mal la propina, el mozo nos retó como a niños al punto de casi obligarnos a dejar más dinero! Todavía me pregunto por qué no le cambian el nombre de propina a "contribución obligatoria mínima de 15%".
Un par de días más tarde le llegó el turno a Schwartz, la tradicional cafetería montrealesa para comer carne ahumada.
La ruta nos llevó de nuevo hacia el lado de las ballenas, con noche en distintos chalets.
De paso nuevamente por Quebec, esta vez para ver la reserva local.
Y recorrer más tranquilos el centro histórico.
Luego vendría Tadoussac nuevamente, con sus atardeceres perfectos en compañía de las ballenas (esta vez menos tímidas).
El segundo fin de semana tendríamos el agrado de volver a pasar por Knowlton justo al momento que el pueblo festejaba una carrera de patos. Tras develar el misterio de lo que eso significaba (una competición de patos de goma flotando en el río), nos dedicamos a recorrer la feria. Fue una buena oportunidad para probar licores de erable (arce en español?) y probar una tabla de quesos "made in Quebec".
Y así despedimos nuestros últimos huéspedes. Siempre es un placer recibir buena compañía. Esperamos que vengan más visitas y esperamos recibirlas pronto!




























